Si no has leído la primera parte, puedes hacerlo aquí. Sinceramente, he estado dudando entre varios finales durante días. Que si uno, que si otro... y al final se ha quedado el primero que pensé ;) Si es que, en estos casos hay que dejarse llevar... hasta para escribirlo.
Aprovechando que en la tienda no había nadie, estuvieron dando un paseo, siempre sin alejarse demasiado por si había que atender a algún cliente. De repente, el chico sacó su cámara de fotos y pidió a la chica que se hicieran una foto juntos, teniendo de fondo un paisaje típico de la isla.
- ¿Con este paisaje? Pensé que no te gustaban los paisajes típicos de aquí.
- No es el paisaje lo que quiero que destaque en esta foto.
La chica comprendió que era ella el verdadero motivo de la foto, y sintió cómo su estómago se revolvía, de manera muy parecida a como se revuelven los estómagos cuando alguien se enamora, y cómo le subía un calor hasta la cara. Tuvieron que repetir la foto porque, como la chica sospechaba, había salido completamente roja.
El chico quedó en volver al día siguiente con una copia de la foto para dársela a ella. Acto seguido el chico se marchó, no sin antes dar dos besos a la chica, quien intentó ser todo lo afectuosa posible que se puede ser con dos besos en las mejillas. Cuando venga mañana, intentaré besarle en los labios, pensó.
Al día siguiente, la chica se sentó temprano a la entrada de la tienda, esperando al chico. Sin embargo, llegó la hora de comer y el chico no apareció. No importa, vendrá por la tarde, pensó ella. Pero el chico tampoco fue por la tarde. Pasó un día. Pasaron dos días. El chico seguía sin aparecer.
La chica no pudo evitar sentir tristeza al final del día. Ciertamente no hacía lo mismo con todos los chicos turistas que se acercaban a ella (que no eran pocos). Pero había confiado en él y se había dejado guiar por su instinto.
De pronto se sintió estúpida. Había dejado que aquel chico se hiciera una foto con ella y lo cierto es que después de entonces, el chico no había vuelto a ir por la tienda. Se esforzó en desechar esa idea: no creía que fuera capaz de aquello. Había visto a muchos turistas y el chico era definitivamente diferente a los demás.
(...)
Mientras el avión despegaba, el chico no pudo evitar sentirse estúpido. El imprevisto en su trabajo le había obligado a partir casi de inmediato, sin ni siquiera despedirse de la chica de la tienda de camisetas. Ahora que la situación no tenía remedio, se le ocurrieron mil y una cosas que podría haber hecho para despedirse: haber ido a la tienda y dejar una nota con una explicación; mandar una carta a la tienda; aunque a decir verdad, no sabía la dirección.
Pasaron tres meses de duro trabajo, en que la compañía sufrió muchos cambios. Fueron días de gran tensión, en los que el chico notaba cómo el recuerdo de la chica le reconfortaba. Cada noche miraba las dos fotos, sobre todo la primera, en la que ella salía roja. Momentos antes le había dicho (aunque indirectamente; el chico no era experto en mostrar sus sentimientos) que le gustaría tener una foto de ella. Aguardaba el momento de volver a la isla y poder terminar la historia. Aunque tenía miedo de que ésta hubiera terminado ya. Suponía lo que debía pensar ella de él, después de haberse marchado así.
El primer fin de semana que pudo escaparse, compró un billete de avión. Al aterrizar, ni siquiera fue al hotel, sino que fue directamente a la tienda; tampoco llevaba mucho equipaje. Para su sorpresa, comprobó que la tienda había cambiado completamente de aspecto. Ya no era la tienda de antes; ahora era una tienda moderna, a decir verdad bastante corriente y nada destacable. La razón parecía estar en que había cambiado de dueño. Y lo que es peor, la chica ya no trabajaba allí. Intentó preguntar por ella mostrando la foto que se habían hecho, pero sólo le dijeron que ya no trabajaba en la tienda. Le explicaron que muchos empleos son sólo temporales durante la época de verano, pero el chico ya no escuchaba.
Una gran tristeza le invadió. El sentimiento de la oportunidad perdida se apoderó de él y una gran pesadez hizo que andara sin rumbo por el paseo marítimo donde se encontraba. Caminó durante horas, buscando entre las tiendas alguna pista, algo que le recordara a ella, pero no encontró nada. Sabía que era como buscar una aguja en un pajar, que sería una enorme casualidad que eso sucediera, pero... ¿la habría perdido para siempre?
De pronto, vio una tienda de fotografía que le llamó la atención. Era muy nueva y parecía que acababa de abrirse hace escasos días. Volvió la vista hacia la playa y observó el paisaje, y después volvió a mirar el escaparate. Las fotos que había allí no mostraban paisajes típicos, ni atardeceres, ni monumentos. Todas ellas contenían escenas cotidianas, gente corriendo tras el autobús, niños jugando en el agua... el tipo de fotografías que a él le gustaba hacer.
- Pensé que me encontrarías antes. -oyó decir a una voz familiar.
El chico se volvió. Ante él, vio a la chica de la tienda de camisetas. Tenía el pelo más largo y lo llevaba recogido en una coleta. El flequillo le caía por la cara y le pareció que estaba más guapa que nunca. Sin embargo, su mirada parecía desafiante.
La chica estaba aguantando su alegría como podía. Su corazón le había dado un vuelco cuando le había visto de espaldas, y cuando se había quedado mirando las fotos de la entrada. Notaba cómo latía rápidamente y cómo le temblaba el pecho.
Sin embargo el chico no pudo evitar mostrar una gran sonrisa. La chica rió y, después de acariciarse el pelo, le contestó:
- Aún estoy esperando que me des la foto.
El chico se puso serio de repente. Empezó a rebuscar entre sus bolsillos y finalmente sacó una copia de la foto (no de la que ella salía roja, por supuesto). Más tranquilos, el chico le explicó toda la situación que se había producido en su trabajo. Ella le contó que después de que la echaran de la tienda de camisetas, pensó que la idea de la tienda de fotos sería una buena idea (en el fondo, era una forma de atraerle si alguna vez volvía a pasar por allí; y por otra parte, era como reconocer que efectivamente, el chico le había calado bien hondo).
Entonces, se quedaron mirándose el uno al otro. Entendiendo que el momento que habían estado esperando durante meses al fin se había producido. Disfrutando de ese sentimiento de felicidad máxima que sólo se produce durante un instante.
Y la chica hizo lo que pensaba: le besó en los labios.