miércoles, noviembre 04, 2009

Desde ayer... (por Sici)

Hace un par de días estuve hablando con Sici, una gran amiga (aunque no hablemos mucho) con la que me inicié en esto de los blogs. Juntos teníamos un blog en el que escribíamos cosas muy parecidas a lo que escribo yo aquí. Íbamos alternando; una vez escribía ella, otra vez yo.

Por razones que ahora mismo se me escapan, dejamos de escribir en él. Yo dejé de escribir durante un tiempo y después topé con otras personas gracias a las cuales abrí este blog... pero ésto es otra historia y debe ser contada en otra ocasión ;)

Sici (quien ha llegado tan lejos en esto de escribir como para publicar un libro... mucha suerte con él!!) me ha dado amablemente permiso para publicar un trabajo suyo; como "un regalo de una vieja amiga". Aquí está, amigo lector. Espero que te guste (a mí me encanta):

Desde ayer…

Puedo ser lágrima 
Caída de párpados olvidados,
Puedo ser árbol
De labios caídos que nunca cuidaron,
Puedo ser aliento
Que invada corazones solitarios,
Puedo ser tiovivo que abanique el viento,
Puedo ser momentos.....
....Esos que nunca llegaron,
Puedo ser pasado
Que te recuerde un "no" amor no muy lejano,
Puedo ser pluma de pájaro
Y surcar horizontes cerrando los párpados,
Puedo ser silencio engendrado
Y pasearme por tu rostro con sigilosos pasos,
Robarte cien besos apasionados,
Sin q puedas darte cuenta de.....
.....A que saben mis labios,
Labios desesperados
Que sueñan parar el tiempo entre tus brazos.

Sici


¡¡Gracias, Sici!!

lunes, octubre 26, 2009

Cómo decirte que eres especial sin decirte lo que siento


Para ser sincero, nunca pensé que me atrevería a decírtelo. Pensé que tendría fuerzas (inocente de mí) para guardar, para siempre, mi secreto sobre lo que siento. ¿A quién pretendía engañar...? Este día iba a llegar, tarde o temprano... el miedo a la respuesta es lo que hace pensar que nunca llega.

Y ese día llegó hace poco: el día en que te dije que eras especial, pero no te dije lo que sentía. Es curioso porque muchas veces intentas hacerlo, expresar lo que realmente sientes; buscas el momento adecuado; la manera perfecta de hacerlo... y ahora sé que todo eso es inncesario, incluso inútil. El momento surgirá solo; las palabras fluirán de manera tan natural que no necesitas preparar nada... el momento llega. Es cuestión de saber reconocerlo cuando lo tengas delante.

O quizás, de aprovechar una oportunidad. Es lo que hice yo; la idea se me ocurrió en un momento indeterminado de una tarde lluviosa. En tres días era tu cumpleaños y yo aprovecharía para, aparte de felicitarte, ir un poco más allá y decirte que eres especial. Que te sintieras un poquito especial.

De alguna manera se me ocurrió que podría felicitarte con una tarjeta virtual, de estas que se mandan al correo... con algún mensaje bonito. Así podría aprovechar para escribirte lo que siento, o más bien: para escribirte que eres alguien especial para mí. ¿Por qué escribirte y no decírtelo mirándote a los ojos? Bueno... nunca se me ha dado bien hablar de esa manera... y en cambio, se me da mucho mejor expresar emociones con palabras escritas. Y bueno... no tengo que esperar a ningún momento determinado para decírtelo, sino que podrás leer la tarjeta cuando quieras. ¿Soy por ello un cobarde? Es posible... 

¿Por qué no decirte lo que siento? Yo contesto con otra pregunta: ¿para qué empezar algo que sabes que no va a funcionar? No es que esté seguro de que algo pudiera empezar entre tú y yo (no lo estoy)... pero sé cómo piensas. Sé que vives aquí por trabajo; pero que tu casa está fuera, en una ciudad lejos de aquí. Y sé que consideras aquella tu verdadera casa; y que tarde o temprano, volverás. Y yo no quiero enamorarme y pensar en tí cada día, cuando me levanto, cuando como, cuando me acuesto... si no vas a quedarte conmigo.

Por eso no te he dicho lo importante que eres para mí. Lo mucho que significas... sólo te dije que estaba contento de que fuéramos amigos y compañeros, y que esperaba que siguiéramos siéndolo durante mucho tiempo, porque me encuentro a gusto contigo. ¿Y sabes lo que realmente me gustaría? Me gustaría darte un abrazo. Bien fuerte. Y seguramente me echaría a llorar al decirte que no quiero que te vayas, que tienes que quedarte aquí, conmigo... que has cambiado mi vida y que sin tí no será igual... y joder, que te quiero... ¿o es que mis ojos no te lo dicen cada vez que te miro?

Recibiste la tarjeta con alegría. Me sonreíste y me diste las gracias por ella. Y aparte de ese momento, no hubo nada más: hablamos como siempre, de los mismos temas. En la hora del café, en la hora de la comida. No esperaba que pasara nada especial; al contrario, me siento aliviado de haberme atrevido a confesarte una pequeña parte de mis sentimientos... ¡aunque sólo sea decirte que eres especial!

Espero que en el día de tu cumpleaños, mi particular felicitación te haya hecho sentir especial para alguien (para mí), aunque sólo fuera por unos minutos. Si te has sentido especial tan sólo una parte de lo especial que tú me haces sentir... ya me doy por satisfecho.



Dentro de cinco días es mi cumpleaños. A veces me divierto pensando en que tú me contestas, que me envías otra postal, tal y como la que yo te la envié. En la que me dices que yo también soy especial para ti, que también te sientes a gusto conmigo, tanto como para escribirlo en una tarjeta. Pero intento volver a la realidad y pensar que la única felicitación que tendré de tu parte serán los dos besos y una sonrisa... que no es poco... pero ya sabes que yo soy un soñador y me gusta pensar estas cosas.

martes, octubre 13, 2009

Inventario

Tenía en mente guardar el post número 50 para hacer un "resumen" del estado de mis cosas. Pero la semana pasada tuve una especie de "inspiración" y se me ocurrieron varias historias casi a la vez; no podía esperar a que se me pasara y postear después (porque normalmente escribo en el mismo momento en que se me ocurren... noto que se me da mejor si espero lo menos posible).

Así que ha tenido que ser el post 51 ;). Iré por partes para poder contártelo mejor, amigo lector:

- Trabajo: genial. Diría cada vez va mejor. El proyecto con el que me he ido varias veces de viaje se ha mantenido y no da más que alegrías. Ahora parece que ha llegado a su punto álgido y de aquí ya empiece a bajar, pero de momento sigue muy bien. Y por otra parte, me ha dado cierto prestigio, incluso noto que dentro de la empresa... como que tengo cierta "imagen", como que profesionalmente estoy bien considerado. Este proyecto tiene que acabar algún día, así que hay que disfrutar lo que le quede ;) y luego, pues iremos a por otro.

- Cortometrajes: otro que tal baila ;) El nuevo corto está gustando a todo el mundo y, de seguir así, lo presentaremos a concurso, cosa que sería la primera vez que lo hiciéramos. Nos ha quedado mejor de lo que pensábamos y estamos bastante contentos. Te confesaré que salgo de uno de los dos actores principales, así que he aprendido muchísimo con este corto, a la hora de actuar, de escribir una escena, etc...

- Amoríos: (pasapalabra...)

- Francés: aprobé mi examen!! Eso quiere decir que he terminado el último curso de la EOI de francés y ahora tendría que ir a por otro idioma. De momento, he decidido darme un año de descanso. El año pasado salía muy tarde de clase y entre el trabajo y el idioma, llegaba muy cansado a casa. Quizás el curso que viene me apunte a italiano... pero por ahora es hablar por hablar. De momento aprovecharé las tardes para hacer algo de ejercicio, que últimamente no me muevo nada de nada...

- Blog: pues también creo que va mejor que antes. O al menos, yo me preocupo más por escribir algo en él (también es verdad que últimamente se me ocurren cosas para escribir, cosa que antes no me pasaba). Intentaré seguir el ritmo.

Esto es todo de momento, amigo lector. Eso sí... ¡muchas gracias por leerme! Si no me leyera nadie, si nadie comentara... pues esto sería una especie de monólogo y seguramente al final dejaría de escribir. Así que, de corazón... sigue ahí ;)

jueves, octubre 08, 2009

La soledad de la primera lágrima



La primera lágrima cae cuando te das cuenta de que te has equivocado. Que has fracasado. Que no hay nada que hacer. Cuando lo has intentado todo, has puesto todo tu empeño y todo tu buen hacer en algo, en intentar que algo funcione, en resolver ese problema... pero finalmente te das por vencido.

Ese chico/chica no te va a hacer caso, por más que te empeñes en intentar su conquista. No te van a llamar de ninguno de esos trabajos, por muy bien que preparaste tu curriculum y las entrevistas. Tu amigo/a no va a volver a hablarte, por más que le expliques que todo fue un malentendido. Hay muchas razones por las que puedes empezar a soltar esa lagrimilla, cuando ya no puedes más, cuando tu cuerpo suelta los nervios porque lo has intentado todo, cuando has dado lo mejor de tí y sin embargo no ha servido para nada.

La primera lágrima cae en soledad. Es reencontrarte contigo mismo. Porque te das cuenta de la realidad, de lo solo que estás ante la situación, ante el problema que no has sabido o podido resolver. Porque no importa la ayuda que los demás te den, porque, en ese momento, ya da igual. Y la tristeza te invade a tí, por tus fallos (o desaciertos). No hay vuelta atrás: eso es lo que hay. Final de la historia.

Y entonces ocurre. No puedes más. Sientes la rabia, la impotencia. Notas el calor que empieza a recorrer tu cuerpo. Sube desde tu estómago, llega hasta tu cara, hasta tus ojos. No puedes evitar que tus ojos se humedezcan. Y la primera lágrima cae. Y después de ella, vienen muchas más.

Esas lágrimas hay que llorarlas a solas. Cuando digo a solas, quiero decir que se ha de llorar hasta que uno sienta que ha terminado. Si hay alguna persona al lado (alguien que te comprenda y te apoye, claro), o que quiera abrazarte, es mucho mejor. Pero realmente estás solo cuando decides descargarlo todo (o cuando, simplemente, no puedes más).

Y aunque en esos momentos no puedas pensar en nada positivo... siempre es lo mismo: finalmente saldrás del "hoyo", la situación se arreglará y triunfarás. Aunque ahora no puedas ver cómo, todo saldrá bien (quizás no de la manera que quieres, pero el dolor terminará por irse).

martes, octubre 06, 2009

Dime dónde has ido



Cuando te vi por primera vez, el compañero de mi flamante nuevo trabajo, me pareciste un chico de lo más normal. Cuando conocí al resto de compañeros... me sentí contenta de que me hubieran puesto contigo. Creo que eres la persona más normal de la empresa. Y encima el trabajo no está nada mal. Buena situación, buen sueldo y expectativas de carrera profesional. El problema es que últimamente estoy pensando más en ti que en el propio trabajo.

Vuelvo atrás en el tiempo. Un mes. Es verano en mi ciudad. Hace un día espléndido. El sol brilla y la gente parece más contenta por el simple hecho de que hace buen tiempo. Vas a mi lado. Venimos de comer. Reímos, hablamos. Eres mi compañero de trabajo y mi amigo, eso está claro, pero eres un amigo especial. Aparte de que nos reímos mucho juntos y me gusta mucho trabajar contigo, creo que estoy empezando a sentir algo por ti.

Sin embargo, no soy capaz de decirte nada. La verdad, no sabría cómo. En el trabajo todos están emparejados menos tú y yo. No es que sea una razón obligatoria por la que tengamos que acabar juntos, pero soy así de tonta y me gusta pensar que eso es una señal, un guiño del destino.

El problema es que no acabo de decidirme, porque no sería capaz de soportar un rechazo. Tengo que verte todos los días, y me gusta tanto hablar contigo que, si algún día dejáramos de hablar, no sé cómo podría mirarte todas las mañanas sin hablar de la manera en que lo hacemos ahora. Además no quiero que nadie del trabajo sepa esto. Cuando hemos salido tarde y me has preguntado si quería que me acompañases a casa siempre he dicho que no, porque, eres un compañero de trabajo y tengo que verte todos los días... y no estoy segura de qué es lo mejor.

Y ahora de pronto, has cambiado. Sí, has cambiado. Tu actitud hacia mí ha cambiado. De un mes a hoy, se han acabado esas conversaciones tan animadas que manteníamos. Pareces más serio, más... triste. Aunque te ríes y haces bromas. Pero ya no hablas conmigo como antes, ya no me miras. Incluso en algunos momentos es como si me ignoraras, como si yo no te importara. 

¿Cómo? ¿Que yo no te importo? Eso me enfada. ¿Cómo eres capaz de hacerme ver que no te importo? ¿Por qué haces que me sienta así? Nos hemos contado cosas personales. Hemos pasado momentos de tensión. Me he quedado contigo fuera de horas de trabajo para ayudarte a terminar ese documento que tenías que entregar al día siguiente. Sé que te importo. Y tú me importas a mí. Pero no sé qué es lo que te pasa de un tiempo a ahora. ¿He dicho algo que te sentara mal? ¿Te he ofendido en algo?

La verdad es que me gustaría saber qué está pasando. No voy a mentir: me afecta. Me he descubierto mirándote, comprobando si me miras o no, si me haces tal gesto u otro gesto... en un tiempo en que yo debería estar concentrada en mi trabajo. Sólo nos decimos tres o cuatro frases al día. Y sin embargo, cuando nos encontramos por los pasillos, me sonríes, me haces gestos graciosos... ¿pero se puede saber qué te pasa? ¿Tienes miedo de algo, de decirme algo? ¿O es que has conocido a alguien?

Podría seguir, pero la verdad es que empiezo a estar cansada. Debo concentrarme en mi trabajo, no quiero perderlo... como te he perdido a tí... bueno, contigo no sé a qué atenerme ya.


viernes, octubre 02, 2009

La chica de la tienda de camisetas (y II)

Si no has leído la primera parte, puedes hacerlo aquí. Sinceramente, he estado dudando entre varios finales durante días. Que si uno, que si otro... y al final se ha quedado el primero que pensé ;) Si es que, en estos casos hay que dejarse llevar... hasta para escribirlo.

Aprovechando que en la tienda no había nadie, estuvieron dando un paseo, siempre sin alejarse demasiado por si había que atender a algún cliente. De repente, el chico sacó su cámara de fotos y pidió a la chica que se hicieran una foto juntos, teniendo de fondo un paisaje típico de la isla.

- ¿Con este paisaje? Pensé que no te gustaban los paisajes típicos de aquí.

- No es el paisaje lo que quiero que destaque en esta foto.

La chica comprendió que era ella el verdadero motivo de la foto, y sintió cómo su estómago se revolvía, de manera muy parecida a como se revuelven los estómagos cuando alguien se enamora, y cómo le subía un calor hasta la cara. Tuvieron que repetir la foto porque, como la chica sospechaba, había salido completamente roja.

El chico quedó en volver al día siguiente con una copia de la foto para dársela a ella. Acto seguido el chico se marchó, no sin antes dar dos besos a la chica, quien intentó ser todo lo afectuosa posible que se puede ser con dos besos en las mejillas. Cuando venga mañana, intentaré besarle en los labios, pensó.

Al día siguiente, la chica se sentó temprano a la entrada de la tienda, esperando al chico. Sin embargo, llegó la hora de comer y el chico no apareció. No importa, vendrá por la tarde, pensó ella. Pero el chico tampoco fue por la tarde. Pasó un día. Pasaron dos días. El chico seguía sin aparecer. 

La chica no pudo evitar sentir tristeza al final del día. Ciertamente no hacía lo mismo con todos los chicos turistas que se acercaban a ella (que no eran pocos). Pero había confiado en él y se había dejado guiar por su instinto. 

De pronto se sintió estúpida. Había dejado que aquel chico se hiciera una foto con ella y lo cierto es que después de entonces, el chico no había vuelto a ir por la tienda. Se esforzó en desechar esa idea: no creía que fuera capaz de aquello. Había visto a muchos turistas y el chico era definitivamente diferente a los demás.

(...)

Mientras el avión despegaba, el chico no pudo evitar sentirse estúpido. El imprevisto en su trabajo le había obligado a partir casi de inmediato, sin ni siquiera despedirse de la chica de la tienda de camisetas. Ahora que la situación no tenía remedio, se le ocurrieron mil y una cosas que podría haber hecho para despedirse: haber ido a la tienda y dejar una nota con una explicación; mandar una carta a la tienda; aunque a decir verdad, no sabía la dirección.

Pasaron tres meses de duro trabajo, en que la compañía sufrió muchos cambios. Fueron días de gran tensión, en los que el chico notaba cómo el recuerdo de la chica le reconfortaba. Cada noche miraba las dos fotos, sobre todo la primera, en la que ella salía roja. Momentos antes le había dicho (aunque indirectamente; el chico no era experto en mostrar sus sentimientos) que le gustaría tener una foto de ella. Aguardaba el momento de volver a la isla y poder terminar la historia. Aunque tenía miedo de que ésta hubiera terminado ya. Suponía lo que debía pensar ella de él, después de haberse marchado así.

El primer fin de semana que pudo escaparse, compró un billete de avión. Al aterrizar, ni siquiera fue al hotel, sino que fue directamente a la tienda; tampoco llevaba mucho equipaje. Para su sorpresa, comprobó que la tienda había cambiado completamente de aspecto. Ya no era la tienda de antes; ahora era una tienda moderna, a decir verdad bastante corriente y nada destacable. La razón parecía estar en que había cambiado de dueño. Y lo que es peor, la chica ya no trabajaba allí. Intentó preguntar por ella mostrando la foto que se habían hecho, pero sólo le dijeron que ya no trabajaba en la tienda. Le explicaron que muchos empleos son sólo temporales durante la época de verano, pero el chico ya no escuchaba.

Una gran tristeza le invadió. El sentimiento de la oportunidad perdida se apoderó de él y una gran pesadez hizo que andara sin rumbo por el paseo marítimo donde se encontraba. Caminó durante horas, buscando entre las tiendas alguna pista, algo que le recordara a ella, pero no encontró nada. Sabía que era como buscar una aguja en un pajar, que sería una enorme casualidad que eso sucediera, pero... ¿la habría perdido para siempre?

De pronto, vio una tienda de fotografía que le llamó la atención. Era muy nueva y parecía que acababa de abrirse hace escasos días. Volvió la vista hacia la playa y observó el paisaje, y después volvió a mirar el escaparate. Las fotos que había allí no mostraban paisajes típicos, ni atardeceres, ni monumentos. Todas ellas contenían escenas cotidianas, gente corriendo tras el autobús, niños jugando en el agua... el tipo de fotografías que a él le gustaba hacer.

- Pensé que me encontrarías antes. -oyó decir a una voz familiar.

El chico se volvió. Ante él, vio a la chica de la tienda de camisetas. Tenía el pelo más largo y lo llevaba recogido en una coleta. El flequillo le caía por la cara y le pareció que estaba más guapa que nunca. Sin embargo, su mirada parecía desafiante.

La chica estaba aguantando su alegría como podía. Su corazón le había dado un vuelco cuando le había visto de espaldas, y cuando se había quedado mirando las fotos de la entrada. Notaba cómo latía rápidamente y cómo le temblaba el pecho.

Sin embargo el chico no pudo evitar mostrar una gran sonrisa. La chica rió y, después de acariciarse el pelo, le contestó:

- Aún estoy esperando que me des la foto.

El chico se puso serio de repente. Empezó a rebuscar entre sus bolsillos y finalmente sacó una copia de la foto (no de la que ella salía roja, por supuesto). Más tranquilos, el chico le explicó toda la situación que se había producido en su trabajo. Ella le contó que después de que la echaran de la tienda de camisetas, pensó que la idea de la tienda de fotos sería una buena idea (en el fondo, era una forma de atraerle si alguna vez volvía a pasar por allí; y por otra parte, era como reconocer que efectivamente, el chico le había calado bien hondo).

Entonces, se quedaron mirándose el uno al otro. Entendiendo que el momento que habían estado esperando durante meses al fin se había producido. Disfrutando de ese sentimiento de felicidad máxima que sólo se produce durante un instante.

Y la chica hizo lo que pensaba: le besó en los labios.

martes, septiembre 29, 2009

La chica de la tienda de camisetas (I)

Amigo lector, ésta era la historia que tenía preparada. Pero, al ponerme a escribir, la historia ha ido creciendo más y más y no he podido ponerla en un solo post... además creo que ya es bastante largo. Pronto lo terminaré.

Era la primera vez que el chico visitaba la isla. Se notaba en la forma en que miraba todo, en cómo andaba de un lado a otro. Sin embargo, tenía cierta insistencia en tomar fotos de cosas aparentemente sin importancia. Le gustaba fotografiar cosas sencillas, retratar lo cotidiano de los sitios que visitaba. En vez de hacer fotos a las playas, las vistas y los monumentos, cosa que hacían todos los turistas, se fijaba en la gente, en cómo se hablaban, en cómo gesticulaban con las manos.

Por eso le llamó la atención la tienda de camisetas. Aunque era una típica tienda de recuerdos turísticos y en la entrada se podían ver camisetas de todos los tamaños y colores, era pequeña y se notaba que estaba cuidada. Las demás tiendas eran más grandes pero parecían más vulgares, incluso ordinarias. Aunque el chico ya había comprado todos sus regalos para su familia y sus amigos, decidió entrar en la tienda a echar un vistazo.

Dentro de la tienda se encontró con que era más grande de lo que parecía desde fuera. Había muchos tipos de camisetas, divididos en tamaños y en motivos. La dependienta le saludó con un gesto y una sonrisa, que el chico devolvió. Cuando se giró para poder mirar mejor las camisetas, se dio cuenta de que había otra chica que le miró por un segundo, sonrió levemente y bajó la vista. En ese segundo, el chico sintió cómo la mirada de la chica le llegó hasta el mismo corazón.

Ella se acarició el pelo con cierto nerviosismo. Era un pelo rubio corto, que no le llegaba a los hombros. Sus ojos eran negros y su cara era dulce como pocas veces había visto. El chico no sabía que hacer, así que durante algunos minutos dio vueltas por la tienda, fingiendo mirar camisetas. No iba a comprar ninguna, pero tampoco quería irse así, sin más. Tan concentrado estaba en su actuación, que no vio venir a la chica, que le abordó poniéndose delante de él y mirándole a los ojos:

- ¿Puedo ayudarte?

- Pues... estaba buscando una camiseta.

- Muy bien... ¿para ti?

- No... es para un amigo.

- Muy bien... vamos a ver... ¿cómo es?

- Pues... no sé... es normal. - El chico intentaba reaccionar pero estaba claro que la chica dominaba la conversación.

- ¿Es más o menos como tú?

- Eh.. sí... bueno, un poco más pequeño.

La chica sonrió. Luego comenzó a rebuscar entre las camisetas que tenían delante y sacó un par de ellas.

- ¿Qué te parecen éstas? - Ambas tenían motivos muy coloridos. - ¿O quizás tienen demasiados colores?

- Sí, creo que sí. Quizás alguna de un color más oscuro, algún azul oscuro.

La chica rebuscó entonces entre las camisetas de la derecha. - Mira éstas.

- Esas me gustan más, pero la verdad es que no estoy seguro.

La búsqueda de las camisetas continuó durante un buen rato. Mientras, el chico observó los gestos de la chica, cómo organizaba las camisetas a un lado y a otro. Sus movimientos eran muy simples, pero con una perfección y un encanto que le maravillaban. Por otra parte, la chica no parecía molestarse por la falta de decisión del chico, quien, intentando iniciar alguna conversación fuera del tema de las camisetas, le dijo:

- Espero no estar entreteniéndote mucho.

- ¡No, no te preocupes! Estaba aburrida,  y así me entretengo. -dijo ella, con un marcado acento isleño.

Después de unos veinte minutos, el chico se decidió al fin por una camiseta. No había entrado a comprarla, pero de alguna manera, era una excusa para pasar más tiempo cerca de aquella chica. Se despidió con un "hasta luego", aunque por dentro se preguntaba si la volvería a ver alguna vez.

La chica también pensó en si volvería a verle. De hecho, antes de que él entrara a la tienda, había estado observándole desde la entrada, cómo hacía fotos a cosas aparentemente normales y en cambio no prestaba mucha atención a los paisajes típicos. Cuando no tenía nada que hacer en la tienda, se dedicaba a observar a las personas, sus gestos, cómo se comportaban cuando hablaban con otros. Desde luego aquel chico turista no era un chico como los demás.

Al día siguiente, la chica se encontraba en la entrada de la tienda, observando cómo un niño cuidaba de su hermana pequeña. Se sorprendió al ver que el chico del día anterior volvía a la tienda.

- ¡Hola! - dijo él.

- ¡Hola! -contestó ella, mientras se acariciaba el pelo con el mismo nerviosismo del día anterior. - ¿Algún problema con la camiseta?

- No, la verdad... es que vengo a por otra. He pensado que voy a comprar otra para otra persona.

Ambos sonrieron y comenzaron una alegre charla que, esta vez, les duró casi dos horas. El chico se llevó otra camiseta y volvió una tercera vez al día siguiente. Sin embargo, esta vez el tema principal no fueron las camisetas, sino ellos mismos. En sólo un par de días se sentían tan a gusto el uno con el otro que comenzaron a contarse gustos, manías y secretos de una manera tan natural que era como si se conocieran de toda la vida.

Continuará...