Iba andando por la playa. Solo. Caminando tranquilamente, sin prisa. Sin saber dónde ir, pero sin preocuparme por ello.
Está amaneciendo. El sol comienza a lanzar los primeros rayos del día. Miro hacia el sol. Me encanta mirar al sol, cuando aún no tiene mucha fuerza... es hermoso notar el calor del sol en la cara. Me tranquiliza. Me hace sonreír.
Sigo caminando. Estoy solo en la playa, pero tengo una sensación de bienestar muy placentera. Noto la arena. Me paro. Muevo los dedos lentamente, dejando que la arena se mezcle en ellos. Cierro los ojos y sonrío mientras lo hago. Disfruto de este momento.
Sigo caminando. No importa hacia dónde voy, sólo que voy hacia delante. De pronto reparo en que hay más gente a mi alrededor. Voy pasando a su lado. Sonrío. Nos saludamos. Algunas personas me impresionan más, otras menos. Hay muchas. No me da tiempo a saludar a todos, ojalá tuviera más tiempo. Algunos me hacen daño... no me da tiempo a reaccionar... pero me recupero. Voy aprendiendo.
Entre ellos, te veo. Me llamas la atención. Te invito a caminar conmigo. Me sonríes y vienes conmigo. Y de pronto, la playa se hace más agradable. Supongo que es porque caminas a mi lado. Mientras camino, te miro y sonrío. Me gusta que caminemos juntos.
Miro atrás. Veo a mucha gente. Algunos al verme, me saludan, pero otros no. Me pregunto por qué. Quién sabe... se me ocurren muchos motivos para ello, pero decido no pensar en ello. Siento que es importante que estés a mi lado, que hayas decidido caminar conmigo.
¿Dónde termina este camino? No lo sé, pero quiero seguir andando, no pararme. Y si tú quieres, seguir caminando contigo. Quién sabe dónde acaberemos, ¿no? Pero eso es parte del encanto: tanto el destino, como el camino por el que llegas hasta él.
Amigo lector, antes de empezar, no olvides darle al botón de repetición en la música... así la oirás hasta que termines ;)
Paula se enjugó las lágrimas y se sonó la nariz. Eran unos gestos que repetía desde hacía tres meses... varias veces al día... desde la muerte de su padre. Cuatro meses después de la de su madre. Una muerte que la había dejado sola. Una muerte inesperada e injusta. Injusta. Injusta... injusta!! En cuestión de medio año, su vida había dado un vuelco tan grande que ni siquiera estaba segura de cómo continuar, o incluso de quién era ella en realidad.
Desde entonces vivía su vida en una especie de sueño; como si todo fuera un montaje, una esperpéntica obra de teatro. Fue como si todo dejara de tener importancia. Los amigos, la pareja... todo era irreal, un sueño gris, apático y... era como si el mundo ignorara lo que le acababa de ocurrir. Se sentía fuera del mundo. Andar, comer... se convirtieron en ejercicio de rutina, de costumbre. Lo único que podía hacer era pensar en su padre. Cómo le echaba de menos. Cómo añoraba su voz. Cómo quería que volviese, aun dando su propia vida por ello. Cómo soñaba con él todas las noches... y cómo se despertaba de madrugada y se echaba a llorar. El sentimiento de soledad era tan insoportablemente fuerte en algunos momentos que llegó a pensar en si la muerte sería realmente tan horrorosa comparado con lo que sentía.
Céntrate en el trabajo, decían. Distraerte te vendrá bien, decían... nada de eso; Paula no tenía ganas de levantarse siquiera por las mañanas. El trabajo se hizo cada vez más pesado; tanto, que tuvo que dejarlo. Nadie la apoyó en esa decisión; pero ella no podía trabajar... así no. Ni siquiera podía concentrarse en la hora de la comida. Nadie la entendía cuando ella explicaba que lo que necesitaba era cambiarlo todo... olvidarlo todo...
Su pareja tampoco lo entendió. Fue de las primeras personas que la abandonó, aunque a ella no le importó; pensaba dejarle en cualquier caso. La apatía de Paula desesperaba a su novio, tanto... que él no aguantó, no pudo más con las tardes de tristeza y de dolor que le proporcionaba Paula. Pero ella no podía darle nada más; era lo único que tenía en ese momento.
Por eso no subió al desván hasta varias semanas después. Allí se encontraban las cosas de su padre. No sabía bien lo que había allí; cuando era niña solía jugar en aquel desván con su madre, pero en los últimos años era su padre el único que subía allí. Se tiraba horas sin salir, haciendo... haciendo qué? Sólo él lo sabía. Aquel sitio traía demasiados recuerdos. Por eso Paula no tenía pensado subir, pero los ruidos le hicieron sospechar que algún animal se había colado en el desván y, por miedo a que éste pasara a otro lado de la casa, o que provocara algún desperfecto, una tarde subió a ver qué era.
El desván se encontraba lleno de polvo y la luz no funcionaba. Con la linterna, Paula fue descubriendo infinidad de libros, recortes y fotografías viejas. A decir verdad, nunca había sabido dónde se encontraban aquellos recuerdos, y cayó en la cuenta que el desván era un pequeño almacén para todo aquello.
Descubrió fotografías de su madre. De ella y su madre... los recuerdos se agolparon con tanta velocidad en su mente que no pudo evitar que las lágrimas le resbalaran por la mejilla. Pero siguió observando las fotos. Observó fotos de cuando era bebé. De unas vacaciones que habían pasado en la playa, cuando ella era aún muy pequeña. De hecho, no se acordaba de aquellas vacaciones.
También vio fotos del primer día de escuela. Aquel día ella no quería irse del lado de su madre y lloró mucho. Contagió el llanto a varios niños y finalmente tuvo que volver al día siguiente porque ni su madre pudo convencerla para que entrara en el colegio. Así que, las fotos del primer día de escuela, eran en realidad, el segundo.
Las siguientes fotos eran de su primera comunión. Sonrió. Aquel día fue uno de los más bonitos que ella recordaba. Fue muy feliz aquel día. No por los regalos, sino porque pasó el día con sus padres, su tía y sus primas. Eran las mejores amigas que nunca había tenido.
En otra foto se vio en su cumpleaños, con 20 años, y en compañía de un chico. Volvió a sonreír: le había robado ese chico a su prima, la cual no volvió a hablarla en varios años. El primer beso que se dieron, fue ese día de su cumpleaños. Para cuando su prima volvió a hablarla, ella ya lo había dejado hacía mucho. Pensó en lo grandes que parecían aquellos problemas entonces.
Se dio cuenta que, a través de las fotos, estaba haciendo un recorrido por su propia vida. Las fotos estaban cuidadosamente ordenadas. Era como leer una biografía, como un resumen de los momentos más importantes que había vivido. ¿Era eso lo que había estado haciendo su padre en el desván? ¿Recopilar recuerdos, memorias?
En el siguiente álbum que abrió encontró fotos de la universidad. Había estudiado medicina: ella siempre quiso estudiar medicina, ser médico y ayudar a los demás. Recordó la ilusión que había sentido al estudiar, al aprobar el último examen, en la ceremonia de graduación... ¿dónde había quedado todo eso? Se había ido perdiendo con el tiempo, con el desgaste diario del día a día...
Recordó su primer paciente. Los nervios de querer hacerlo todo perfecto. Recordó la ayuda que le habían brindado sus compañeros, las primeras semanas hasta que se acostumbró... dio un respingo: se acababa de acordar de Pablo, el chico que ahora era su ex. Recordó cómo la había ayudado y cómo, de una tontería, se sacó de la manga una cita. Fue una apuesta: quien perdiera aquella apuesta, pagaría las entradas del cine. Paula ganó la apuesta, pero eso, lógicamente, tampoco importaba mucho.
En el último álbum encontró fotos de sus padres. Vio a sus padres en vacaciones en la playa. Con los abuelos que vivían en el sur. El día en que se compraron el coche nuevo... sonrió al comprobar que habían sido felices, que habían compartido una vida muy bonita juntos. Siempre habían estado enamorados. En todas las fotos aparecían sonriendo y cogidos de la mano, abrazados, siempre juntos. A Paula siempre le llamaba la atención que sus padres no tenían reparo en demostrarse cariño en público; mientras que los padres de sus amigos no actuaban de la misma manera.
Luego vio fotos donde también aparecía ella con sus padres. Vio cómo sus padres la miraban, cómo sonreían, cómo su padre la sujetaba en brazos, orgulloso y feliz de su pequeña. Se veía lo orgullosos que estaban de ella. Se notaba que ella era lo más importante que les había pasado. Cómo se habían esforzado siempre en que ella tuviera lo mejor, en que pudiera elegir, en tener todas las oportunidades posibles.
Pensó que ella era el proyecto más importante que habían tenido sus padres. La idea le resultó reconfortante. Ella había llegado hasta donde había llegado gracias a ellos. Su forma de ser, su educación, ella era como era gracias a ellos. Era la prueba, el testimonio de que sus padres habían vivido. Así que, de alguna manera, ellos no habían muerto del todo.
Sentía hambre. Se sorprendió: hacía muchos días que no tenía hambre y comía sin ganas y por pura costumbre. Pensó en pescado: pescado guisado con patatas y guisantes, su plato favorito. Un plato que su madre preparaba todos los jueves para cenar. Decidió que iba a cocinarse un buen plato de pescado. Sintió satisfacción al comprobar que, aunque fuera sólo un poco, se había animado.
Paula se dispuso a bajar del desván, pero antes de hacerlo miró todos los álbumes de fotos. Todos los libros que le quedaban por ver. ¿Qué más secretos habría allí? Decidió que no iba a limpiar el desván. Solamente iba a limpiarlo. Así, cuando se volviera a sentir mal, podría volver a subir y ver toda su historia, y la de sus padres. Eso la ayudaría a mantenerse centrada en continuar esa historia, en no olvidar quién era, de dónde venía.
Decidió que quizás tenía que hacer cosas grandes. Que podría plantearse grandes proyectos. Quería sentirse merecedora del tiempo que sus padres le habían dedicado. Que el tiempo que habían dedicado a educarla, a enseñarla cómo tenía que enfrentarse a los problemas, no fuera en valde.
Miró por última vez el desván y luego bajó en dirección a la cocina. Casi podía oler el pescado recién cocinado.
Hace un par de días estuve hablando con Sici, una gran amiga (aunque no hablemos mucho) con la que me inicié en esto de los blogs. Juntos teníamos un blog en el que escribíamos cosas muy parecidas a lo que escribo yo aquí. Íbamos alternando; una vez escribía ella, otra vez yo.
Por razones que ahora mismo se me escapan, dejamos de escribir en él. Yo dejé de escribir durante un tiempo y después topé con otras personas gracias a las cuales abrí este blog... pero ésto es otra historia y debe ser contada en otra ocasión ;)
Sici (quien ha llegado tan lejos en esto de escribir como para publicar un libro... mucha suerte con él!!) me ha dado amablemente permiso para publicar un trabajo suyo; como "un regalo de una vieja amiga". Aquí está, amigo lector. Espero que te guste (a mí me encanta):
Desde ayer…
Puedo ser lágrima Caída de párpados olvidados, Puedo ser árbol De labios caídos que nunca cuidaron, Puedo ser aliento Que invada corazones solitarios, Puedo ser tiovivo que abanique el viento, Puedo ser momentos..... ....Esos que nunca llegaron, Puedo ser pasado Que te recuerde un "no" amor no muy lejano, Puedo ser pluma de pájaro Y surcar horizontes cerrando los párpados, Puedo ser silencio engendrado Y pasearme por tu rostro con sigilosos pasos, Robarte cien besos apasionados, Sin q puedas darte cuenta de..... .....A que saben mis labios, Labios desesperados Que sueñan parar el tiempo entre tus brazos. Sici
Para ser sincero, nunca pensé que me atrevería a decírtelo. Pensé que tendría fuerzas (inocente de mí) para guardar, para siempre, mi secreto sobre lo que siento. ¿A quién pretendía engañar...? Este día iba a llegar, tarde o temprano... el miedo a la respuesta es lo que hace pensar que nunca llega.
Y ese día llegó hace poco: el día en que te dije que eras especial, pero no te dije lo que sentía. Es curioso porque muchas veces intentas hacerlo, expresar lo que realmente sientes; buscas el momento adecuado; la manera perfecta de hacerlo... y ahora sé que todo eso es inncesario, incluso inútil. El momento surgirá solo; las palabras fluirán de manera tan natural que no necesitas preparar nada... el momento llega. Es cuestión de saber reconocerlo cuando lo tengas delante.
O quizás, de aprovechar una oportunidad. Es lo que hice yo; la idea se me ocurrió en un momento indeterminado de una tarde lluviosa. En tres días era tu cumpleaños y yo aprovecharía para, aparte de felicitarte, ir un poco más allá y decirte que eres especial. Que te sintieras un poquito especial.
De alguna manera se me ocurrió que podría felicitarte con una tarjeta virtual, de estas que se mandan al correo... con algún mensaje bonito. Así podría aprovechar para escribirte lo que siento, o más bien: para escribirte que eres alguien especial para mí. ¿Por qué escribirte y no decírtelo mirándote a los ojos? Bueno... nunca se me ha dado bien hablar de esa manera... y en cambio, se me da mucho mejor expresar emociones con palabras escritas. Y bueno... no tengo que esperar a ningún momento determinado para decírtelo, sino que podrás leer la tarjeta cuando quieras. ¿Soy por ello un cobarde? Es posible...
¿Por qué no decirte lo que siento? Yo contesto con otra pregunta: ¿para qué empezar algo que sabes que no va a funcionar? No es que esté seguro de que algo pudiera empezar entre tú y yo (no lo estoy)... pero sé cómo piensas. Sé que vives aquí por trabajo; pero que tu casa está fuera, en una ciudad lejos de aquí. Y sé que consideras aquella tu verdadera casa; y que tarde o temprano, volverás. Y yo no quiero enamorarme y pensar en tí cada día, cuando me levanto, cuando como, cuando me acuesto... si no vas a quedarte conmigo.
Por eso no te he dicho lo importante que eres para mí. Lo mucho que significas... sólo te dije que estaba contento de que fuéramos amigos y compañeros, y que esperaba que siguiéramos siéndolo durante mucho tiempo, porque me encuentro a gusto contigo. ¿Y sabes lo que realmente me gustaría? Me gustaría darte un abrazo. Bien fuerte. Y seguramente me echaría a llorar al decirte que no quiero que te vayas, que tienes que quedarte aquí, conmigo... que has cambiado mi vida y que sin tí no será igual... y joder, que te quiero... ¿o es que mis ojos no te lo dicen cada vez que te miro?
Recibiste la tarjeta con alegría. Me sonreíste y me diste las gracias por ella. Y aparte de ese momento, no hubo nada más: hablamos como siempre, de los mismos temas. En la hora del café, en la hora de la comida. No esperaba que pasara nada especial; al contrario, me siento aliviado de haberme atrevido a confesarte una pequeña parte de mis sentimientos... ¡aunque sólo sea decirte que eres especial!
Espero que en el día de tu cumpleaños, mi particular felicitación te haya hecho sentir especial para alguien (para mí), aunque sólo fuera por unos minutos. Si te has sentido especial tan sólo una parte de lo especial que tú me haces sentir... ya me doy por satisfecho.
Dentro de cinco días es mi cumpleaños. A veces me divierto pensando en que tú me contestas, que me envías otra postal, tal y como la que yo te la envié. En la que me dices que yo también soy especial para ti, que también te sientes a gusto conmigo, tanto como para escribirlo en una tarjeta. Pero intento volver a la realidad y pensar que la única felicitación que tendré de tu parte serán los dos besos y una sonrisa... que no es poco... pero ya sabes que yo soy un soñador y me gusta pensar estas cosas.
Tenía en mente guardar el post número 50 para hacer un "resumen" del estado de mis cosas. Pero la semana pasada tuve una especie de "inspiración" y se me ocurrieron varias historias casi a la vez; no podía esperar a que se me pasara y postear después (porque normalmente escribo en el mismo momento en que se me ocurren... noto que se me da mejor si espero lo menos posible).
Así que ha tenido que ser el post 51 ;). Iré por partes para poder contártelo mejor, amigo lector:
- Trabajo: genial. Diría cada vez va mejor. El proyecto con el que me he ido varias veces de viaje se ha mantenido y no da más que alegrías. Ahora parece que ha llegado a su punto álgido y de aquí ya empiece a bajar, pero de momento sigue muy bien. Y por otra parte, me ha dado cierto prestigio, incluso noto que dentro de la empresa... como que tengo cierta "imagen", como que profesionalmente estoy bien considerado. Este proyecto tiene que acabar algún día, así que hay que disfrutar lo que le quede ;) y luego, pues iremos a por otro.
- Cortometrajes: otro que tal baila ;) El nuevo corto está gustando a todo el mundo y, de seguir así, lo presentaremos a concurso, cosa que sería la primera vez que lo hiciéramos. Nos ha quedado mejor de lo que pensábamos y estamos bastante contentos. Te confesaré que salgo de uno de los dos actores principales, así que he aprendido muchísimo con este corto, a la hora de actuar, de escribir una escena, etc...
- Amoríos: (pasapalabra...)
- Francés: aprobé mi examen!! Eso quiere decir que he terminado el último curso de la EOI de francés y ahora tendría que ir a por otro idioma. De momento, he decidido darme un año de descanso. El año pasado salía muy tarde de clase y entre el trabajo y el idioma, llegaba muy cansado a casa. Quizás el curso que viene me apunte a italiano... pero por ahora es hablar por hablar. De momento aprovecharé las tardes para hacer algo de ejercicio, que últimamente no me muevo nada de nada...
- Blog: pues también creo que va mejor que antes. O al menos, yo me preocupo más por escribir algo en él (también es verdad que últimamente se me ocurren cosas para escribir, cosa que antes no me pasaba). Intentaré seguir el ritmo.
Esto es todo de momento, amigo lector. Eso sí... ¡muchas gracias por leerme! Si no me leyera nadie, si nadie comentara... pues esto sería una especie de monólogo y seguramente al final dejaría de escribir. Así que, de corazón... sigue ahí ;)
La primera lágrima cae cuando te das cuenta de que te has equivocado. Que has fracasado. Que no hay nada que hacer. Cuando lo has intentado todo, has puesto todo tu empeño y todo tu buen hacer en algo, en intentar que algo funcione, en resolver ese problema... pero finalmente te das por vencido.
Ese chico/chica no te va a hacer caso, por más que te empeñes en intentar su conquista. No te van a llamar de ninguno de esos trabajos, por muy bien que preparaste tu curriculum y las entrevistas. Tu amigo/a no va a volver a hablarte, por más que le expliques que todo fue un malentendido. Hay muchas razones por las que puedes empezar a soltar esa lagrimilla, cuando ya no puedes más, cuando tu cuerpo suelta los nervios porque lo has intentado todo, cuando has dado lo mejor de tí y sin embargo no ha servido para nada.
La primera lágrima cae en soledad. Es reencontrarte contigo mismo. Porque te das cuenta de la realidad, de lo solo que estás ante la situación, ante el problema que no has sabido o podido resolver. Porque no importa la ayuda que los demás te den, porque, en ese momento, ya da igual. Y la tristeza te invade a tí, por tus fallos (o desaciertos). No hay vuelta atrás: eso es lo que hay. Final de la historia.
Y entonces ocurre. No puedes más. Sientes la rabia, la impotencia. Notas el calor que empieza a recorrer tu cuerpo. Sube desde tu estómago, llega hasta tu cara, hasta tus ojos. No puedes evitar que tus ojos se humedezcan. Y la primera lágrima cae. Y después de ella, vienen muchas más.
Esas lágrimas hay que llorarlas a solas. Cuando digo a solas, quiero decir que se ha de llorar hasta que uno sienta que ha terminado. Si hay alguna persona al lado (alguien que te comprenda y te apoye, claro), o que quiera abrazarte, es mucho mejor. Pero realmente estás solo cuando decides descargarlo todo (o cuando, simplemente, no puedes más).
Y aunque en esos momentos no puedas pensar en nada positivo... siempre es lo mismo: finalmente saldrás del "hoyo", la situación se arreglará y triunfarás. Aunque ahora no puedas ver cómo, todo saldrá bien (quizás no de la manera que quieres, pero el dolor terminará por irse).
Cuando te vi por primera vez, el compañero de mi flamante nuevo trabajo, me pareciste un chico de lo más normal. Cuando conocí al resto de compañeros... me sentí contenta de que me hubieran puesto contigo. Creo que eres la persona más normal de la empresa. Y encima el trabajo no está nada mal. Buena situación, buen sueldo y expectativas de carrera profesional. El problema es que últimamente estoy pensando más en ti que en el propio trabajo.
Vuelvo atrás en el tiempo. Un mes. Es verano en mi ciudad. Hace un día espléndido. El sol brilla y la gente parece más contenta por el simple hecho de que hace buen tiempo. Vas a mi lado. Venimos de comer. Reímos, hablamos. Eres mi compañero de trabajo y mi amigo, eso está claro, pero eres un amigo especial. Aparte de que nos reímos mucho juntos y me gusta mucho trabajar contigo, creo que estoy empezando a sentir algo por ti.
Sin embargo, no soy capaz de decirte nada. La verdad, no sabría cómo. En el trabajo todos están emparejados menos tú y yo. No es que sea una razón obligatoria por la que tengamos que acabar juntos, pero soy así de tonta y me gusta pensar que eso es una señal, un guiño del destino.
El problema es que no acabo de decidirme, porque no sería capaz de soportar un rechazo. Tengo que verte todos los días, y me gusta tanto hablar contigo que, si algún día dejáramos de hablar, no sé cómo podría mirarte todas las mañanas sin hablar de la manera en que lo hacemos ahora. Además no quiero que nadie del trabajo sepa esto. Cuando hemos salido tarde y me has preguntado si quería que me acompañases a casa siempre he dicho que no, porque, eres un compañero de trabajo y tengo que verte todos los días... y no estoy segura de qué es lo mejor.
Y ahora de pronto, has cambiado. Sí, has cambiado. Tu actitud hacia mí ha cambiado. De un mes a hoy, se han acabado esas conversaciones tan animadas que manteníamos. Pareces más serio, más... triste. Aunque te ríes y haces bromas. Pero ya no hablas conmigo como antes, ya no me miras. Incluso en algunos momentos es como si me ignoraras, como si yo no te importara.
¿Cómo? ¿Que yo no te importo? Eso me enfada. ¿Cómo eres capaz de hacerme ver que no te importo? ¿Por qué haces que me sienta así? Nos hemos contado cosas personales. Hemos pasado momentos de tensión. Me he quedado contigo fuera de horas de trabajo para ayudarte a terminar ese documento que tenías que entregar al día siguiente. Sé que te importo. Y tú me importas a mí. Pero no sé qué es lo que te pasa de un tiempo a ahora. ¿He dicho algo que te sentara mal? ¿Te he ofendido en algo?
La verdad es que me gustaría saber qué está pasando. No voy a mentir: me afecta. Me he descubierto mirándote, comprobando si me miras o no, si me haces tal gesto u otro gesto... en un tiempo en que yo debería estar concentrada en mi trabajo. Sólo nos decimos tres o cuatro frases al día. Y sin embargo, cuando nos encontramos por los pasillos, me sonríes, me haces gestos graciosos... ¿pero se puede saber qué te pasa? ¿Tienes miedo de algo, de decirme algo? ¿O es que has conocido a alguien?
Podría seguir, pero la verdad es que empiezo a estar cansada. Debo concentrarme en mi trabajo, no quiero perderlo... como te he perdido a tí... bueno, contigo no sé a qué atenerme ya.
Poco puedo decir de mí... un "soñador" puede que sea la definición más acertada para lo que intento plasmar en este blog. Entra y comparte tus pensamientos.