Ayer pasé cerca de tu casa. Ayer, en mi camino a la reunión, hice el mismo camino con el coche que hacía cuando iba a tu casa. Las mismas curvas. Los mismos anuncios. Los mismos desvíos. Cómo me acordé de ti... me faltó poco para ponerme a llorar.
Sé que yo te dejé. Sé que fui yo quien abandonó la relación sin una explicación que te convenciera. Y aún así, sigo comparándote con las nuevas oportunidades. Quizás es que me llegaste muy hondo, demasiado. Te acercaste como nadie lo había hecho (como nadie lo ha hecho hasta hoy). No quiero nada que no me haga sentir al menos tan bien como lo hiciste tú. Pero... viendo lo que hay... realmente no va ser nada, nada fácil.
Y debo rehacer mi vida. Me lo repito una y otra vez, tantas veces como te lo he repetido yo a ti. Volver a salir, volver a divertirme, a ser yo mismo. Pero, como la canción de Mecano... me cuesta tanto olvidarte...
miércoles, noviembre 29, 2006
jueves, noviembre 16, 2006
Inspiración
Decían que era una chica morena, con unos hermosos ojos negros, y él se preguntaba si sería realmente ella. Desde que la conoció, no podía quitársela de la cabeza. Aunque las circunstancias no fueron, ni mucho menos, las mejores para conocerse.
Para él, fue la primera guardia en Cruz Roja. Como tal, estaba muy nervioso. Además, el aviso por radio indicó que había tres coches implicados en el accidente de tráfico. En la ambulancia, su tutor trató de tranquilizarle y le dijo que no se separara de él. Ambos se pusieron los guantes y prepararon el material mientras el conductor los llevaba a toda prisa hacia la autopista, donde la policía ya había cortado el tráfico.
Cuando el conductor paró la ambulancia, el chico y el tutor bajaron rápidamente. Se encontraron con dos coches volcados y un tercero prácticamente destrozado y debajo de un camión. Los bomberos se afanaban en preparar la maquinaria para cortar lo que quedaba del coche y sacar a la chica que se encontraba atrapada y muy nerviosa. El tutor le indicó que fuera a hablar con la chica y tratara de tranquilizarla, mientras él iba a comprobar los coches volcados con los demás compañeros. El chico, que tenía el pulso bastante acelerado, y sin saber muy bien cómo actuar, se acercó a los bomberos y miró al interior del coche. Observó a una chica con manchas de sangre en la frente y en el oído, que respiraba muy rápidamente y tenía lágrimas en los ojos, pero no lloraba. Empezó a hablarla en voz alta, diciéndole su nombre, quién era y explicando lo que hacían los bomberos, ya que ellos se limitaban a actuar.
La chica volvió la mirada hacia él después de unos segundos. El chico entonces sintió un escalofrío. Observó sus ojos negros, hermosos. Su cara, manchada de sangre. Sus ojos le hablaban. Por favor, que me saquen. Que me saquen ya. No quiero morir. El chico siguió hablándola como pudo, tratando de hacerla entender que se estaba haciendo todo lo posible para ayudarla.
Los bomberos se movían de un lado a otro del coche y el chico trataba de no estorbar, y se apartaba según los bomberos necesitaban sitio. Un bombero le mandó alejarse para dejarles trabajar mejor, por lo que el chico fue a ayudar a su tutor, quien le dijo que ya se estaban ocupando de uno de los coches, pero que en el otro no había nada que hacer.
Entonces, el chico pudo oír una voz gritando su nombre. Se volvió y descubrió que la voz salía del coche donde los bomberos trabajaban. Que venga él, por favor, que venga, decía la voz. Un bombero se le acercó y le pidió que volviera al lado de la chica para tranquilizarla. Así lo hizo, y en pocos minutos los bomberos pudieron sacar a la chica, con lo que el chico y su tutor pudieron atenderla finalmente.
Una pierna rota y algunas costillas. Eso lo que menos, recordaba el chico. Quizás algo en la espalda, pero eso tendría que decirlo un médico. Me pregunto si saldría bien de aquello, pensaba.
Hacía ya cuatro años de aquello y no había podido olvidar a la chica ni sus ojos negros. Los vecinos comentaban que una chica que no era del barrio andaba últimamente por allí, como buscando a alguien. El chico se preguntaba si sería ella, o una simple casualidad, una broma del destino.
No se dio cuenta, en sus pensamientos, que cruzaba la calle. No lo hizo por un paso de cebra, por lo que el coche no pudo evitarlo. Sintió un golpe fortísimo y vio el mundo girar a su alrededor. Se sintió caer al suelo. No podía moverse. No podía reaccionar. Una persona se agachó y, visiblemente afectada, empezó a hablarle. Pero no le oía bien. Le escuchaba muy bajo.
De pronto, sintió cómo unas manos le cogían una pierna y se la encogía. Después las mismas manos le cogieron el cuello y, con ayuda de la persona agachada, le pusieron boca arriba, muy despacio. El chico reconoció la técnica: la persona que me está moviendo es sanitaria, pensó. Después, para su asombro, vio a una chica. Morena. Con unos ojos negros, hermosos, que reconoció al momento. La chica esbozó una leve sonrisa, se agachó y le dijo al oído:
"Veo en tus ojos que me recuerdas. Te he estado buscando desde que salí del hospital. Me he hecho sanitaria, como tú. Para ayudar a los demás. Para salvar vidas, como tú salvaste la mía. Te he buscado desde entonces para agradecértelo. Para agradecérselo a la persona a la cual amo.".
Para él, fue la primera guardia en Cruz Roja. Como tal, estaba muy nervioso. Además, el aviso por radio indicó que había tres coches implicados en el accidente de tráfico. En la ambulancia, su tutor trató de tranquilizarle y le dijo que no se separara de él. Ambos se pusieron los guantes y prepararon el material mientras el conductor los llevaba a toda prisa hacia la autopista, donde la policía ya había cortado el tráfico.
Cuando el conductor paró la ambulancia, el chico y el tutor bajaron rápidamente. Se encontraron con dos coches volcados y un tercero prácticamente destrozado y debajo de un camión. Los bomberos se afanaban en preparar la maquinaria para cortar lo que quedaba del coche y sacar a la chica que se encontraba atrapada y muy nerviosa. El tutor le indicó que fuera a hablar con la chica y tratara de tranquilizarla, mientras él iba a comprobar los coches volcados con los demás compañeros. El chico, que tenía el pulso bastante acelerado, y sin saber muy bien cómo actuar, se acercó a los bomberos y miró al interior del coche. Observó a una chica con manchas de sangre en la frente y en el oído, que respiraba muy rápidamente y tenía lágrimas en los ojos, pero no lloraba. Empezó a hablarla en voz alta, diciéndole su nombre, quién era y explicando lo que hacían los bomberos, ya que ellos se limitaban a actuar.
La chica volvió la mirada hacia él después de unos segundos. El chico entonces sintió un escalofrío. Observó sus ojos negros, hermosos. Su cara, manchada de sangre. Sus ojos le hablaban. Por favor, que me saquen. Que me saquen ya. No quiero morir. El chico siguió hablándola como pudo, tratando de hacerla entender que se estaba haciendo todo lo posible para ayudarla.
Los bomberos se movían de un lado a otro del coche y el chico trataba de no estorbar, y se apartaba según los bomberos necesitaban sitio. Un bombero le mandó alejarse para dejarles trabajar mejor, por lo que el chico fue a ayudar a su tutor, quien le dijo que ya se estaban ocupando de uno de los coches, pero que en el otro no había nada que hacer.
Entonces, el chico pudo oír una voz gritando su nombre. Se volvió y descubrió que la voz salía del coche donde los bomberos trabajaban. Que venga él, por favor, que venga, decía la voz. Un bombero se le acercó y le pidió que volviera al lado de la chica para tranquilizarla. Así lo hizo, y en pocos minutos los bomberos pudieron sacar a la chica, con lo que el chico y su tutor pudieron atenderla finalmente.
Una pierna rota y algunas costillas. Eso lo que menos, recordaba el chico. Quizás algo en la espalda, pero eso tendría que decirlo un médico. Me pregunto si saldría bien de aquello, pensaba.
Hacía ya cuatro años de aquello y no había podido olvidar a la chica ni sus ojos negros. Los vecinos comentaban que una chica que no era del barrio andaba últimamente por allí, como buscando a alguien. El chico se preguntaba si sería ella, o una simple casualidad, una broma del destino.
No se dio cuenta, en sus pensamientos, que cruzaba la calle. No lo hizo por un paso de cebra, por lo que el coche no pudo evitarlo. Sintió un golpe fortísimo y vio el mundo girar a su alrededor. Se sintió caer al suelo. No podía moverse. No podía reaccionar. Una persona se agachó y, visiblemente afectada, empezó a hablarle. Pero no le oía bien. Le escuchaba muy bajo.
De pronto, sintió cómo unas manos le cogían una pierna y se la encogía. Después las mismas manos le cogieron el cuello y, con ayuda de la persona agachada, le pusieron boca arriba, muy despacio. El chico reconoció la técnica: la persona que me está moviendo es sanitaria, pensó. Después, para su asombro, vio a una chica. Morena. Con unos ojos negros, hermosos, que reconoció al momento. La chica esbozó una leve sonrisa, se agachó y le dijo al oído:
"Veo en tus ojos que me recuerdas. Te he estado buscando desde que salí del hospital. Me he hecho sanitaria, como tú. Para ayudar a los demás. Para salvar vidas, como tú salvaste la mía. Te he buscado desde entonces para agradecértelo. Para agradecérselo a la persona a la cual amo.".
martes, noviembre 07, 2006
Poesía del desamor
En un solo momento me dices que te vas,
un par de minutos te bastan para despedirte,
para decirme que no quieres verme más,
y así me dejas, con tantas ganas de sentirte,
que no me siento ni a mí, ni a mi corazón,
que ya sólo es un recuerdo de una emoción,
de cosas que tantas veces quise repetirte.
Y aquí me quedo solo, triste y confundido,
con el mundo que yo construí para ti,
con todas las ilusiones que he vivido,
y ahora me quieres decir que es el fin,
que los momentos maravillosos no volverán,
que piense en los recuerdos que no se van,
recuerdos de lo que pudo haber sido y no será.
Mi corazon está roto por la pasión y el dolor,
por la distancia, la duda y la desconfianza,
pero en ese pequeño trocito donde guardo tu amor,
algo me dice que no pierda la esperanza.
Y sueño con el día en que te vuelva a ver,
en que mi corazón vuelva a saltar de alegría,
todos tus recuerdos, y tu cariño, lo guardaré,
hasta que el amor decida volver a mi vida.
un par de minutos te bastan para despedirte,
para decirme que no quieres verme más,
y así me dejas, con tantas ganas de sentirte,
que no me siento ni a mí, ni a mi corazón,
que ya sólo es un recuerdo de una emoción,
de cosas que tantas veces quise repetirte.
Y aquí me quedo solo, triste y confundido,
con el mundo que yo construí para ti,
con todas las ilusiones que he vivido,
y ahora me quieres decir que es el fin,
que los momentos maravillosos no volverán,
que piense en los recuerdos que no se van,
recuerdos de lo que pudo haber sido y no será.
Mi corazon está roto por la pasión y el dolor,
por la distancia, la duda y la desconfianza,
pero en ese pequeño trocito donde guardo tu amor,
algo me dice que no pierda la esperanza.
Y sueño con el día en que te vuelva a ver,
en que mi corazón vuelva a saltar de alegría,
todos tus recuerdos, y tu cariño, lo guardaré,
hasta que el amor decida volver a mi vida.
jueves, noviembre 02, 2006
Esperanza
Domingo, tres de la tarde. Salía de la guardia de Cruz Roja con prisa. No en vano, en casa me esperaban para comer. Llegué a la estación de metro corriendo y entré en el vagón corriendo para que no se me escapara el tren. Corriendo... como yendo al trabajo, pensé.
En el vagón no vi a nadie, salvo a una señora mayor que estaba sentada enfrente de mí. Con las prisas, no me había cambiado de ropa y aún llevaba puesto el uniforme de Cruz Roja. La señora me miró, y me preguntó la hora. Las tres, le dije. Ya va siendo hora de ir a comer, me contestó con una sonrisa. Le devolví la sonrisa y le confirmé que yo también tenía hambre.
No suelo hablar con la gente en el metro. Es más, cuando me hablan, suelo evadir la conversación. Normalmente puedes encontrar a gente muy indeseable, bebida o quién sabe qué más, iniciando conversación contigo. Por supuesto, nada que ver con la señora tan agradable de enfrente mía.
Al observar mi uniforme, me preguntó si era voluntario de la Cruz Roja, a lo que le respondí afirmativamente. Me sonrió, y empezamos a charlar. Sobre la Cruz Roja, sobre los enfermos y sobre la vida. Me dijo: "hacéis una buena tarea, los de la Cruz Roja", a lo que yo sólo pude añadir: "Bueno... hacemos lo que podemos." mientras sonreía.
La casualidad quiso que nos bajásemos en la misma estación. Continuamos hablando, mientras ella me contaba sobre una reciente operación que había sufrido. Seguimos charlando hasta la parada del autobús que ella debía coger, en la cual me despedí con un "Yo me marcho por allí, encantado de conocerla..." a lo que ella me respondió con una sonrisa y un "Gracias por acompañarme."
Como ya digo, no suelo entablar conversación con desconocidos, sin embargo... aquella señora era distinta. Creo que pude ver bondad en ella. Espero que todo le vaya bien y no tenga más problemas de salud.
En el vagón no vi a nadie, salvo a una señora mayor que estaba sentada enfrente de mí. Con las prisas, no me había cambiado de ropa y aún llevaba puesto el uniforme de Cruz Roja. La señora me miró, y me preguntó la hora. Las tres, le dije. Ya va siendo hora de ir a comer, me contestó con una sonrisa. Le devolví la sonrisa y le confirmé que yo también tenía hambre.
No suelo hablar con la gente en el metro. Es más, cuando me hablan, suelo evadir la conversación. Normalmente puedes encontrar a gente muy indeseable, bebida o quién sabe qué más, iniciando conversación contigo. Por supuesto, nada que ver con la señora tan agradable de enfrente mía.
Al observar mi uniforme, me preguntó si era voluntario de la Cruz Roja, a lo que le respondí afirmativamente. Me sonrió, y empezamos a charlar. Sobre la Cruz Roja, sobre los enfermos y sobre la vida. Me dijo: "hacéis una buena tarea, los de la Cruz Roja", a lo que yo sólo pude añadir: "Bueno... hacemos lo que podemos." mientras sonreía.
La casualidad quiso que nos bajásemos en la misma estación. Continuamos hablando, mientras ella me contaba sobre una reciente operación que había sufrido. Seguimos charlando hasta la parada del autobús que ella debía coger, en la cual me despedí con un "Yo me marcho por allí, encantado de conocerla..." a lo que ella me respondió con una sonrisa y un "Gracias por acompañarme."
Como ya digo, no suelo entablar conversación con desconocidos, sin embargo... aquella señora era distinta. Creo que pude ver bondad en ella. Espero que todo le vaya bien y no tenga más problemas de salud.
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